Ángeles Díaz, socia y voluntaria de Acción Psoriasis, nos ha regalado este precioso relato, con el que queremos hacer un pequeño homenaje a todas la mujeres trabajadoras con psoriasis.

Sonia, como cada mañana, repasaba los titulares del periódico: “Los actos previstos para el Día de la Mujer Trabajadora se centrarán en...”.

Cada año, por estas fechas, se tomaba un minuto para sentirse satisfecha con su trayectoria profesional y, últimamente, para estar agradecida por haber mantenido su puesto de trabajo.

Recordaba aún con cierta vergüenza aquella primera entrevista, celebrada a finales de junio de hacía casi una década, en la que se presentó con aquel atuendo inapropiado, no porque no fuera a la moda o no estuviera acorde con el puesto al que optaba, sino porque hacía un calor infernal y ella iba vestida de invierno: manga larga, medias, cuello a la caja, maquillaje excesivo que, además, podía correrse con el sudor… Todo por ocultar a la vista de su entrevistador aquellas manchas distintivas y furiosas que adornaban sus brazos, piernas y cara. El puesto lo consiguió, eso es cierto, pero también que su interlocutor pensara que había que estar un poco loca para vestir así en pleno verano…

También le venía a la memoria aquella ocasión en la que su jefa la llamó a su despacho después de tener una discusión con un compañero. Éste se quejaba de que siempre llegaba tarde y cansada, y que la mayoría de visitas se las cargaba él, cuando en principio debían llevarlas a medias. Cuando entró en la oficina esperando una reprimenda mayor de la que ya había sufrido fuera, se encontró a Susana mirándola fijamente. La invitó a sentarse y suavemente le dijo: “Vete al médico. No puedes seguir así. No te puedes ni mover… Mi hijo tiene psoriasis y sé que puede derivar en artritis. Quizá esos dolores e hinchazones que tienes en los dedos tengan algo que ver. También te he conseguido información sobre la asociación a la que nuestra familia pertenece”, le dijo extendiéndole unos folletos. “Habla con ellos. Te ayudarán”. Sonia no tendría palabras suficientes para agradecer aquella conversación que le cambió la vida y su visión de la enfermedad.

Habían pasado muchos años desde entonces. Sonia tenía la sensación de que, en muchos aspectos, la sociedad había cambiado positivamente. Los sufridores de esta enfermedad ya no estaban tan estigmatizados como entonces, ahora la gente se limitaba a mirar de soslayo las lesiones o, llevados por la curiosidad, a preguntarle si se había quemado o algo así. Cuando pronunciaba la palabra “psoriasis”, todo el mundo reconocía tener a alguien más o menos cercano que la padecía. “Claro, somos muchos”, contestaba ella. “También me conoces a mí ahora”.

Aquella mañana, Sonia debía entrevistar a tres candidatos nuevos. Por fin parecía que lo peor de la crisis había pasado y la empresa había optado por ir introduciendo poco a poco a más personal, después de aquel momento crucial en el que tuvieron que prejubilar a dos compañeros y no renovar a otros dos. ¡Qué mal lo pasó entonces! Había rumores de que ella era una de las que se quedarían sin trabajo porque algún cliente se había quejado de su aspecto, de aquellas manchas rebeldes que le aparecían en la cara, de sus uñas… Susana, de nuevo, la había tranquilizado diciéndole que aún quedaba mucha gente desinformada por ahí, gente que se empeñaba en señalarla como una enfermedad repulsiva porque creían que se trataba de falta de higiene y cosas parecidas: “A este cliente, con su pedido, le enviaremos algunos folletos de la asociación, a ver si podemos ayudarle”, le dijo riendo.

Conservó su puesto y la ascendieron por méritos propios y ahora le tocaba a ella escoger al siguiente compañero. Iba a ser una tarea difícil, ya que todos tenían un perfil profesional muy parecido. Así que tendría que dejarse llevar por la impresión que le causaran en esa primera entrevista.

Entró primero un chico joven, dinámico, jovial, de aspecto desaliñadamente cuidado. Le habló de su experiencia y de su disponibilidad de forma alegre intercalando en la conversación pequeñas pinceladas sobre sus hobbies y su vida social.

En segundo lugar apareció una mujer de mediana edad con traje de chaqueta oscuro. Tanto sus posturas como su forma de expresarse denotaban mucha profesionalidad y experiencia para el puesto que optaba, pero le pareció demasiado seria, aunque quizá era una pose, quién sabe. A nadie se le conoce en un primer contacto.

Por último entrevistó a Sofía. Tenía también un curriculum brillante que la validaba perfectamente para el trabajo, por lo que le sorprendió encontrarse frente a una persona excesivamente tímida y vestida un tanto extravagante. Llevaba un jersey con mangas demasiado largas, como si quisiera desaparecer tras ellas. La observó mientras hablaba y comprobó que había usado el maquillaje en exceso, sobretodo en algunas partes de su frente. En uno de sus gestos dejó al descubierto una lesión que confirmaron las sospechas de Sonia. “¿Es psoriasis?”, le preguntó. “Sí”, dijo ella agachando la cabeza y ocultando de nuevo sus manos. “No te preocupes”, le dijo apoyando despacio sus codos sobre la mesa, “en esta empresa, eso no tiene importancia”.

Autora: Ángeles Díaz

 


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