La aparición de una psoriasis marca un giro en la vida de la persona. Más allá de las posibles molestias físicas (picor, etc…) lo que nos preocupa mucho es cómo nos ven los otros y que pensarán de nuestra piel. La piel es nuestra frontera que nos separa y nos une con el mundo y cuando esa frontera se vuelve demasiado sensible, también puede aparecer cierta perturbación emocional. Y es que la piel es de las primeras cosas que el otro percibe de nosotros. Una piel afectada, una piel no sana, nos hace sentir inseguros: “pensarán que soy un enfermo”. La psoriasis da mucho miedo, en buena parte porque convierte la enfermedad en parte de nuestro pasaporte relacional.

Se sabe que la psoriasis no se cura 

Se puede tratar, se puede controlar, pero no se cura. Así que la persona debe aceptar lo inevitable, una cierta presencia de las marcas de la enfermedad en su pasaporte relacional –que es su piel. No aceptar lo inevitable conduce a una pérdida de energía innecesaria, energía que se podría utilizar para explorar nuevas posibilidades, aquellas posibilidades que se deben abrir contra el miedo y la angustia que emerge después del diagnóstico.

Extracto del artículo publicado en la revista Psoriasi nº 90, realizado por el Dr. Kostas Gardounis, psicólogo de Acción Psoriasis. Puedes leer el artículo completo AQUÍ.

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